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Febrero
ASÍ FUNCIONA
Un trabajo de titanes
Está claro que subir al espacio no es tarea fácil. Pero tampoco es sencillo para el hombre volar y, en cambio, se ha convertido en algo cotidiano.
  Fotos: ESA, NASA
El viaje espacial no sólo sigue siendo sinónimo de aventura, sino que parece aún restringido únicamente a los países más avanzados. ¿Qué razones hay detrás de estas grandes diferencias?

En realidad, existen múltiples y variadas razones que hacen del vuelo espacial una actividad mucho más compleja de lo que pueda serlo el vuelo atmosférico. Se suele hacer referencia, por ejemplo, a la complejidad de operar en un medio hostil, con vacío exterior y temperaturas extremas. Pero lo cierto es que tampoco los aviones comerciales a los que subimos rutinariamente para irnos de vacaciones operan en un medio mucho más amable; al otro lado de la fina pared de aluminio que nos separa del exterior, más allá del panel decorativo de la cabina, hay temperaturas de hasta 50º bajo cero y, si bien no hay vacío, la presión es tan baja, que seríamos incapaces de respirar. Está claro que no es igual que el entorno espacial, pero tampoco las diferencias son tan enormes como para justificar la dificultad de volar al espacio.

No es éste el principal motivo que convierte a la astronáutica en una actividad mucho más costosa que la aeronáutica, como tampoco lo es el hecho de que el avión cuente con sus alas para “apoyarse” en el aire, frente a la “fuerza bruta” de los motores cohete empleados por los lanzadores para elevarse. Es cierto que, en el primer caso, la naturaleza nos ofrece gratis lo que en un cohete debemos conseguir a fuerza de inyectar combustible, pero nada nos impediría fabricar lanzadores que ascendiesen hasta cotas muy elevadas ayudados por alas, usando el impulso puro de sus cohetes sólo cuando éstas ya no les fuesen de utilidad. De hecho, ha habido y hay proyectos basados en esta idea y se demuestra que, con una velocidad adecuada, prácticamente podría alcanzarse el límite de la atmósfera por medios aerodinámicos, como un avión. Y, sin embargo, a pesar de la complejidad tecnológica que un aparato de este tipo pudiera tener, la potencia necesaria seguiría difiriendo de forma más que notable entre una misión y la otra. Aunque usáramos alas, aún sería mucho más costoso subir al espacio que volar hasta las antípodas.

LA ALTURA NO LO ES TODO
Como hemos dicho, existen multitud de razones que dificultan el vuelo espacial frente al atmosférico. Entre esa multitud de motivos hay uno sobre el que recae por sí sólo la mayor parte de la responsabilidad en dicha dificultad; la inmensa diferencia de energía necesaria para poner un objeto en órbita, frente a la que se necesita para que ese mismo objeto realice un vuelo más “convencional”. ¿A qué se debe esta enorme diferencia? Está claro que un satélite vuela más alto que un avión, pero la altura no lo justifica todo. Si así fuera, países como España tendrían fácilmente lanzadores espaciales, cosa que no tenemos.

Hace años que hemos fabricado cohetes de sondeo capaces de alcanzar alturas de 250 km. Ésa era la altura típica de las misiones del transbordador espacial, antes de que las labores de construcción de la ISS obligasen a elevarla hasta los 400 km., por compatibilidad con la órbita de la estación. Y, sin embargo, esos cohetes de sondeo españoles no podrían poner ni un solo gramo de masa en órbita alrededor de la Tierra.

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Javier Casado  
 
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