| La heliosfera, que es la “burbuja” en la que se encuentra el Sistema Solar, termina en una región en la que empieza a notarse la influencia del espacio interestelar; la heliopausa.
Los potentes vientos que emite el Sol transportan con ellos partículas energéticas, plasma y el campo magnético de la estrella. Su acción forma, en el medio interestelar, una suerte de burbuja en la que está contenido el Sistema Solar, y que está dominada por las emisiones de la estrella, con pocas injerencias de partículas procedentes del exterior. El viento solar viaja a gran velocidad hasta que se aleja a unos 10.000 millones de kilómetros del Sol, cuando empieza a decelerar, hasta que llega un momento en el que se frena. Esa parada del viento solar marca el final de la heliosfera, una región fronteriza que presenta bastantes incógnitas para los científicos.
En esa zona final de la influencia del Sol, hay un espacio donde la presión del viento de la estrella y la del medio interestelar alcanzan un equilibrio. Ésa es la heliopausa. Es una frontera teórica de la helios-fera, se especula que con forma más o menos circular y situada a unas 100 unidades astronómicas de la estrella. En ella, ya es posible empezar a notar la acción de las partículas energéticas procedentes del espacio interestelar y, en concreto, de la Nube Interestelar Local que los científicos creen que el Sistema Solar está atravesando actualmente.
LA “PELUSA” LOCAL
Los científicos apodan cariñosamente a esta nube “the Local Fluff”, en inglés, o “la pelusa local”. Se extendería a lo largo de 30 años luz y contendría una mezcla de átomos de hidrógeno y helio a una temperatura de unos 6.000º C. En su entorno, unos 10 millones de años atrás un cúmulo de supernovas explotó, originando una burbuja gigantesca de gas a millones de grados de temperatura que debería haber dispersado la nube. Pero, según datos obtenidos por las sondas Voyager, ésta sobrevivió gracias a su campo magnético, mucho más intenso de lo que se creía, y que proporcionó la presión necesaria para aguantar la embestida de la onda expansiva de las supernovas.
Precisamente, la misión interestelar de las Voyager es la que está proporcionando gran parte de la información sobre esta región que, por su lejanía, nunca ha sido visitada por ninguna sonda, aunque algunas de ellas han detectado diferentes pistas de la interacción entre la heliosfera y el medio interestelar. El satélite IBEX, por ejemplo, observó una estrecha franja de átomos neutrales energéticos, muy brillante, que podía significar que el espacio interestelar juega un papel más decisivo en la configuración de la heliosfera de lo que podría parecer. Por su parte, la sonda Cassini, a través de su cámara de iones, apuntó que la heliosfera podría tener más forma de burbuja que de cometa, y que la interacción con las emisiones procedentes del espacio exterior estarían más determinadas por la presión de las partículas y la densidad energética del campo magnético.
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