| En estos años, y superada la resaca de la contienda, las modernas autopistas comenzaban a
poblar el viejo continente, permitiendo recorrer grandes distancias a alta velocidad... de manera que, hasta la crisis del petróleo del año 73, este
tipo de vehículos vivió su época dorada.
No es ningún secreto
que en la segunda
mitad de la década
de los 50 y durante
todos los 60, las
marcas italianas
experimentaron su
momento de máxima
gloria en el ámbito de la competición.
Principalmente Ferrari y Maserati copaban
los primeros puestos en los campeonatos mundiales
de Fórmula 1 y Sport, al mismo tiempo
que, para lograr su supervivencia, tenían que
fabricar máquinas de competición que en
manos privadas también obtenían resultados
sobresalientes. La progresiva profesionalización
de la competición hizo que esto no fuera
suficiente para garantizar su futuro y ambas
empresas comenzaron a fabricar coches de
altas prestaciones, derivados de sus autos de
competición, pero con un espíritu más burgués,
lo mismo que Lancia había hecho con su
Aurelia ya en 1951, y al que denominó como
Gran Turismo.
SALTO CUANTITATIVO
A diferencia de la gran mayoría de fabricantes,
que utilizaban la competición como
plataforma promocional de sus vehículos de
serie, estas dos marcas italianas habían nacido
como fabricantes de coches de competición y
no tenían más remedio que recurrir a la producción
en serie para garantizar su supervivencia.
Al final, todo se reduce a una cuestión
de números. Lo que está claro es que, a finales
de los 50, el dinero y por tanto “los números”
se encontraban al otro lado del Atlántico, de
manera que la fórmula que había que buscar
estaba en unir las prestaciones, el carisma y,
por qué no decirlo, el glamour de los coches
deportivos europeos, con un nivel de confort
apetecible para el público norteamericano.
MASERATI 3500 GT
Desde antes de la Segunda Guerra Mundial,
la marca del tridente había convertido los
motores de 6 cilindros en línea con doble árbol
de levas en cabeza en una de sus señas de identidad.
Tras la contienda y usando este tipo de
propulsores, ya bajo los auspicios de la familia
Orsi, Maserati logró sus mayores éxitos, de
manera que no es de extrañar que, cuando a
finales de 1956, se tomó la decisión de diseñar
un nuevo coche capaz de ser fabricado en serie,
se optara por esta configuración mecánica.
La misión de Giulio Alfieri, director técnico
de la firma en ese momento, consistió en civilizar el motor de los tipo 350S, haciendo
factible su implantación en un modelo de
calle. Se sustituyó el sistema de taqués regulables
montando un sistema mediante pastillas
que requería mucho menos mantenimiento.
Para el encendido, que se mantendría con dos
bujías por cilindro, se optó por un distribuidor
Marelli con doble platino y para el engrase, se
eliminó el cárter seco optando por un sistema
más tradicional. La alimentación correría a
cargo de tres carburadores Webber de 42. Con
esta primera configuración, el propulsor ofrecía
226 CV a 5.500 rpm. La transmisión era
responsabilidad de un caja ZF de cuatro velocidades
unida a un diferencial Salisbury con
una oferta de nada menos que de ¡siete relaciones!
El prototipo fue presentado en el Salón
de Ginebra en marzo de 1957, vestido con una carrocería coupé de Touring, si bien, Allemano
también ofreció su propia versión que, sin
embargo, sólo vio la luz en contadas unidades.
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