| Siempre he sabido de los adversarios que guardan sus aguas, pero no me había topado con ellos con posibilidades de plantar
cara. Siempre escaparon, rompieron el hilo, abrieron el anzuelo o –simplemente- lo destrozaron…
Quizá, en el fondo, hasta ahora nunca me lo había tomado realmente en serio. Y para una vez que lo hago me quedo corto. Han vuelto a escaparse. Sí, algo realmente grande ha destrozado de nuevo mis triples de marca contrastada. No han sido suficientemente fuertes. Ni tan siquiera se han acercado. Siempre se colgaban de donde no debían. Yo quería perder todo el hilo en una carrera desbocada, sacar humo a mi Stradic 6000FI nuevecito, quemarle los discos, pero cuando al final del terminal no hay lo que tiene que haber, acabas bailando sólo. Una y otra vez.
Porque allí hay bestias pardas, como os decía, animales grandes que se comen a animales grandes. Da miedo a veces, y así me lo transmitía Miguelón. “Tío, me da miedo lanzar”, decía..., y nos reíamos, pero no era de extrañar cuando ves cosas como las que vimos.
CAPÍTULO 1: INESPERADO
Era la tarde del domingo, Miguel se animó a pasar sus dos últimos días de vacaciones en La Graciosa y se vino con nuestro grupo en el ferry de las doce. Íbamos tranquilos pero inmersos en grandes esperanzas, yo aun cauteloso por las decepciones de años pasados. Sabes que estarán pero no sabes si querrán comer o si el viento y el mar te dejarán acercarte a la orilla.
Llegamos, nos instalamos y salimos disparados. Una hora de camino a algún sitio, al sitio en el que un año, hace ya muchos, dejé la pesca a fondo y la cambié por miles de euros en equipos y señuelos. Una historia que podría ser casi la de cualquiera.
Aterrizamos sobre la roca a eso de las 14:30 ó 15:00 horas. El mar plácido, la brisa floja, un sol que caía a plomo sobre nuestras viseras y cocía nuestras cabezas. No hay dolor. No te acuerdas de que existe. Es ese momento mágico del reencuentro nos paramos por escasos segundos sobre la roca. Las algas se han despegado de una de las puntas y cubren gran parte de la primera cala con buena pinta. “Vamos a empezar con vinilos, que está complicado para otras cosas” le digo a Miguel. Me pongo a montar un bajo de cincuenta libras de fluorocarbono Seaguar mientras Miguel lanza, por primera vez probablemente, un vinilo hacia aquel fondo profundo. Cubre mucho a poca distancia de donde estamos, sobre los veinte metros. No he terminado de azocar el nudo Bristol cuando Miguel avisa. Ya está enganchado; a la primera tirada. Lanzábamos, contábamos veinte y empezábamos a recuperar lentamente con tirones secos, tipo bucktail. ¡Bingo! Esta es la primera bicuda de esta temporada.
BUENAS NUEVAS
La ilusión es inmensa. Por un lado esta cala tiene pescado este año, por otro, el pescado come, y lo mejor, se zampa los vinilos, pero hay que insistir y hacer ley de las suposiciones. Miguel no tarda en clavar por segunda vez. Me fijo bien en sus movimientos. Yo muevo lento y no me pican…, él mueve a tirones secos y clava.
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