| Su nacimiento y desarrollo se produjo enmarcado
en la época de la guerra Fría entre la URSS y los Estados Unidos.
El lanzamiento en 1957
del primer satélite artificial, el Sputnik I, significó el comienzo de una nueva era y una oportunidad única para salir al espacio exterior
y descubrir un Universo totalmente
desconocido. La novedad
para el hombre fue poder
contemplar el firmamento desde
un punto de vista totalmente
diferente, superando el obstáculo
más grande para cualquier
apasionado de las estrellas, la
atmósfera terrestre.
Las emisiones de más altas
energías (rayos X y gamma) y también el rango infrarrojo y UV,
que habían permanecido invisibles
a causa de la absorción
de nuestra propia atmósfera,
fueron finalmente examinados.
El resultado de las primeras
investigaciones fue la observación
directa de escenarios
astrofísicos en los cuales materia
exageradamente densa,
temperaturas de centenares de
millones de grados y campos magnéticos muy intensos juegan
un papel protagonista.
UN UNIVERSO
DE COLORES
El campo de la astronomía que
se dedica al estudio de los rayos
X y gamma tiene un origen
reciente, puesto que las primeras
predicciones acerca de la
existencia de radiación con alto
contenido energético empezaron
a aparecer a mediados del
siglo pasado. La sospecha de
que la bóveda celeste estuviese
poblada por fuentes capaces
de generar estas emisiones
provocó un gran fervor entre los
científicos de aquel entonces,
por lo cual se abrió una verdadera
“temporada de caza”
a fuentes de emisión tanto de
rayos X (con energías entre los
0,1 y 100 keV, aproximadamente)
como de rayos
gamma (mayores de 100 keV).
Dicha búsqueda frenética
culminó en 1962 con un descubrimiento
sensacional; la detección
de fotones de rayos X
procedentes del centro galáctico
por obra de Bruno Rossi y
Riccardo Giacconi. El hallazgo
abrió camino a una nueva manera
de observar las estrellas y
reveló que contemplar el Cosmos
a través de la atmósfera
terrestre es como observarlo en
blanco y negro, mientras que
en realidad éste es de colores.
Por otro lado, la primera detección
de rayos gamma no llegó
hasta 1967, cuando el satélite
OSO-3 detectó 621 de estos
fotones procedentes, supuestamente,
del ecuador galáctico.
Aún así, satélites espías norteamericanos
de la serie Vela, detectaron
destellos de radiación
gamma de origen desconocido.
La sorpresa fue mayor cuando
los estadounidenses se dieron cuenta de que dichas explosiones
no procedían ni de la Tierra
ni del Sol, sino que tenían origen
cósmico. Estos fenómenos
fueron posteriormente llamados
destellos o explosiones de
rayos gamma (Gamma Ray-
Bursts, o GRBs).
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