| A través de
él, los expertos
pretenden
hallar la última
pieza de un
antiguo enigma
de la física: la
unificación de las
cuatro fuerzas
fundamentales
de la naturaleza.
Aseguran pondría
los cimientos
para una nueva
disciplina
científica, la
cosmología
gravitacional.
El reto principal de LISA es
la detección de las ondas
gravitatorias, cuya existencia
fue predicha en 1916 por
la Teoría de la Relatividad General
de Einstein y que, hasta la fecha,
siguen todavía “invisibles” a nuestros
ojos. El hallazgo representaría
la prueba irrefutable de una
nueva forma de radiación producida
por los grandes eventos catastróficos
del Universo, como el
Big Bang, las colisiones entre galaxias
o la danza final de dos agujeros
negros en órbita binaria.
Es sabido que para describir
los movimientos de los planetas
alrededor del Sol podemos
recurrir a la Ley de Gravitación
Universal formulada, en 1687,
por Isaac Newton. Sin embargo,
siglos más tarde, Einstein
demostró que, al menos en la
teoría, dicha Ley no logra explicar
de forma completa los fenómenos
físicos que ocurren en el
entorno de los objetos masivos.
Según su formulación, el rápido
movimiento de estos cuerpos
celestes produce deformaciones
en el tejido del espaciotiempo,
manifestándose en forma
de ondas gravitatorias que,
como las electromagnéticas,
viajan a la velocidad de la luz.
PRIMERAS BÚSQUEDAS
A raíz de estas predicciones, en
las últimas décadas se instalaron
diferentes interferómetros (LIGO,
Virgo, GEO600, etc.) y detectores
acústicos (Auriga o Nautilius),
de base terrestre, que se
dedican a la búsqueda de dichas
emisiones, aunque sean difíciles
de descubrir porque la gravitación
es, de por sí, una interacción
muy débil. Además, en la superficie
terrestre el ruido sísmico
de fondo representa un problema
crítico para estas instalaciones,
pues limita los instrumentos
a frecuencias de alrededor de 1
Hz a las cuales se cree que sólo
las fuentes menos intensas emiten
ondas gravitatorias.
Pese a que, a fecha de hoy,
nunca se ha detectado el paso
de ninguna de ellas, en las últimas
décadas se han registrado
casos de observación indirecta.
Un ejemplo es el descubrimiento
realizado por Joseph Taylor
y Russell Hulse, que en 1993 les valió el Nobel por sus estudios
acerca de PSR 1913+16,
un sistema binario formado por
un púlsar y otra estrella de neutrones.
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