| El satélite GLAST avanzará en esa dirección estudiando algunos
de los fenómenos más exóticos y violentos del cielo.
El lanzamiento del satélite
ruso Sputnik, cuyo
cincuenta aniversario ha
sido celebrado en estos días,
ha quedado en la memoria colectiva
actual como el íncipit a
la carrera espacial entre Rusia y Estados Unidos. Sin embargo,
nadie imaginaba entonces
que aquella bola metálica que
giraba alrededor de nuestro
planeta pudiese suponer una
revolución tecnológica sin precedentes
para la Humanidad, tal vez sólo comparable con la
invención del telescopio.
Para la Astronomía, esto
marcó el comienzo de una
nueva era, el descubrimiento
de un nuevo Universo ya que,
hasta entonces, los observaobservadores
del cielo habían tenido
que conformarse con estudiar
el firmamento desde la superficie de la Tierra. El hito para el
hombre fue, entonces, poder
contemplar el Cosmos superando
el obstáculo más grande:
la atmósfera terrestre. A raíz del
éxito de los rusos, fue posible
explorar nuevos dominios de
la radiación electromagnética,
como los rayos X y gamma
pero también el rango infrarrojo
y UV, que habían permanecido
todavía invisibles a causa de la
absorción de nuestra propia atmósfera.
La puesta en marcha de proyectos
dedicados a estos estudiosha permitido hallar muchos
escenarios inesperados, como
agujeros negros supermasivos,
chorros de gas sorprendentemente
caliente o la fusión de
estrellas de neutrones. Todas
éstas constituyen solamente algunas de las maravillas de la
bóveda celeste que emiten en
la zona de los rayos gamma, la
forma de luz capaz de producir
niveles de energía miles de
millones de veces mayores que
la luz visible a nuestros ojos.
Entender fenómenos tan exóticos
que generan cantidades
de energía casi inconcebibles
para la mente humana, significa
explicar lo que en el ambiente
astrofísico es conocido como
“Universo violento”, es decir
todos aquellos procesos debidos
a situaciones extremas de
gravedad muy fuerte, altísimas
temperaturas o campos magnéticos
muy intensos.
LA RADIACIÓN GAMMA
La luz que nuestros ojos son
capaces de percibir ocupa sólo
una pequeña región del espectro
de radiación electromagnética,
que se expande desde la
zona de las más bajas energías
de las ondas radio hasta llegar
finalmente a los rayos gamma,
los de más alta energía. De
hecho, los rayos gamma procedentes
del firmamento son
tan energéticos, que pueden
perjudicar la vida en la Tierra.
Afortunadamente, la atmósfera
terrestre los absorbe, de manera
que no pueden afectar nuestra
existencia.
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