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Fragores estruendosos, vientos supersónicos y relámpagos que desprenden las más altas energías: éste es, probablemente, el escenario apocalíptico que nos esperaría si pudiéramos ver de cerca sistemas formados por estrellas masivas.
  Fotos: © NASA, ESO
Las estrellas masivas son objetos muy interesantes porque desarrollan una intensa actividad debida a su masa elevada y al hecho de ser estrellas jóvenes. Los efectos de este dinamismo se manifiestan mediante flujos de materia procedentes de sus propias superficies en forma de viento estelar, produciendo eyecciones imponentes de material.

Cuando dos de estas estrellas están ligadas desde un punto de vista gravitatorio en un sistema binario, las colisiones entre los vientos calientan el medio hasta temperaturas de millones y millones de grados y radian rayos X de manera brillante, modificando el ámbito estelar del sistema. A lo largo del tiempo, los productos químicos de estos procesos se condensan en estructuras granulares que constituyen el medio interestelar, y que es posible encontrar en los meteoritos recogidos en la superficie terrestre. Éstos representan fósiles preciosos porque han preservado la composición de la fuente originaria y, en cierta manera, han permitido la formación de la vida en la Tierra.

LAS PRIMERAS DE LA CLASE
Cuando hablamos de estrellas masivas, nos referimos normalmente a estrellas recién nacidas con masas superiores a 25 veces la del Sol, y que sufren pérdida de material a causa de la formación del viento estelar. Entre ellas, las de tipo O son las más jóvenes y, por lo tanto, las más activas y calientes. Por esa razón, los astrónomos las colocan en el primer grupo de la clasificación que tiene en cuenta las propiedades espectrales de los objetos estelares. Una típica estrella de tipo O, posicionada a la misma distancia que la estrella Arturo (a 33 años luz de la Tierra), aparecería 20 veces más brillante que Venus. En la Vía Láctea, la mayoría se encuentra en cúmulos de estrellas llamados Asociaciones OB, los cuales trazan los brazos espirales característicos de la galaxia en su periferia, donde la formación estelar es más activa.

El mecanismo por el cual se producen vientos estelares tan imponentes, que vacían las capas más exteriores de estas estrellas aún está por descubrir. Aún así, se piensa que los productos de la combustión de elementos como el carbono y el oxígeno, que son quemados en el interior de la estrella, llegan gradualmente a la superficie de la misma. Cuando suficiente material se ha acumulado en esa región, éste es capaz de absorber la luz generada por el astro; sin embargo, no puede contener la presión debida a esta radiación y, consecuentemente, empuja material hacia el exterior en forma de viento estelar.

Tras su formación, un viento de este tipo barre todo lo que encuentre en la cercanía de la estrella, afectando de manera irreversible a su entorno: la colisión entre viento y material circunestelar da lugar a emisión de altas energías en la banda de los rayos X. Todas estas condiciones hacen que, en pocos millones de años, una estrella de tipo O realice un cambio de “identidad”; cuando el viento se hace particularmente intenso y masivo, la estrella pierde una fracción considerable de su revestimiento más externo, destapando una zona más interna y caliente. Esto permite a la estrella de tipo O evolucionar como estrella Wolf-Rayet (WR).

(Más información en la revista)

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