| En realidad, las estrellas son
objetos variables muy interesantes. En algún caso, la
variabilidad es mínima e imperceptible, en otros, puede
resultar cataclísmica.
El modelo más aceptado
para representar una
estrella es considerar
una gran esfera constituida por
gases candentes capaces de
resplandecer mediante su calor
interno. La fuerza de la ravedad
garantiza su existencia a
lo largo de millones de millones
de años, evitando que sus átomos
escapen por la presión de
los gases calientes. Por consiguiente,
en una estrella las dos
componentes de fuerza gravitatoria
y presión están en perfecto
equilibrio, preservando su
estabilidad. Si no fuese así, una
estrella como el Sol, por ejemplo,
acabaría su existencia en
menos de una hora.
Aunque esto haga pensar en
una imperturbabilidad de los astros,
durante determinadas fases
de su evolución la estructura de
la estrella puede mostrarse inestable.
Ésta se observa desde la
Tierra como variabilidad en la luminosidad
del objeto, causada
por impresionantes cambios en
su propia configuración. De hecho,
para los astrónomos, la
única medida directa para
estudiar los objetos del
Cosmos es su luminosidad.
A partir de este
parámetro, y gracias a
modelos físico-matemáticos,
ellos pueden
también obtener otras
propiedades debidas tanto a su
composición interna como a su
ámbito. Se habla, por tanto, de
variabilidad extrínseca e intrínseca.
La primera es debida a
propiedas externas (rotación de
la propia estrella u ocultaciones
periódicas por otros objetos), la
segunda, a cambios en las propiedades
físicas. En este último
caso, la variación puede ser
constante y regular o eruptiva.
VARIABLES, PERO REGULARES
En ningún caso se puede determinar
la distancia de una
estrella con tan alta precisión
como para las variables pulsantes.
Igual que los faros advierten
a los marineros de la
presencia de un obstáculo
y, en cierta manera,
les ayudan a establecer
la distancia
que los separa de
una colisión, así
las variables pulsantes
son para
los astrónomos
una referencia
en el estudio de
galaxias lejanas.
Casualmente, las
primeras variables pulsantes Cefeidas
fueron observadas en las Nubes
de Magallanes, que deben
su nombre al gran explorador
portugués que fue el primero en
notar estas dos galaxias-satélites
(que orbitan alrededor de la
Vía Láctea) en el cielo nocturno,
durante su navegación por mares
de Sudamérica.
En 1912, Henrietta Swan Leavitt,
una estudiante de doctorado
del Observatorio de Harvard,
notó en estrellas variables en la
Gran y Pequeña Nube de Magallanes
un ritmo regular de brillo,
oscurecimiento y, otra vez, de
brillo. Éstas, llamadas Cefeidas
(por el nombre del prototipo de
esta clase, δ Cephei), son estrellas
gigantes que presentan una
variabilidad regular de luminosidad.
El mecanismo de variación
consiste en una periódica
expansión y compresión de los
estratos atmosféricos del astro.
Durante la fase de máxima expansión
la luminosidad alcanza
su valor más alto, mientras que
lo contrario ocurre en la fase de
máxima contracción, cuando la
estrella es menos luminosa.
Conociendo el período de
este pulso se obtiene la magnitud
absoluta del astro, es decir,
lo brillante que sería a ciertas
distancias. Comparando este
valor con la magnitud aparente,
es posible determinar la verdadera
distancia a la estrella. La
correlación hallada por Leavitt
fue todo un hito, pues estas
estrellas son usadas como herramienta
para la estimación
de distancias cósmicas. Entre
las Cefeidas conocidas encontramos
a la Estrella Polar, cuya
luminosidad varia regularmente entre 2,5 y 2,6 magnitudes en 4
días. Algo parecido ocurre con
las RR Lyrae, también variables
pulsantes, pero más precisas
que las Cefeidas. Localizadas
normalmente en cúmulos globulares,
muestran períodos de
pulsación entre 0,2 y 1,2 días.
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